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Tlatelolco, 50 años

Escaneado 2 oct 2018 16.53
Imagen cortesía Archivo Aguilera
Una nación entera se avergüenza
Es león que se agazapa
Para saltar.
(Los empleados
Municipales lavan la sangre
En la Plaza de los Sacrificios.)
Mira ahora,
Manchada
Antes de haber dicho algo
Que valga la pena,
La limpidez.
Octavio Paz

Víctor López Jaramillo

Era una tarde de miércoles, ya el reloj rebasaba las seis de la tarde. Faltaban 10 días para que se inauguraran los Juegos Olímpicos que mostrarían al mundo la mejor cara de nuestro país y su milagro político y económico. En vez de ello, México volvió a mirarse en el espejo negro de Tezcatlipoca y vio como de manera violenta se segaban las flores antes de dar frutos, vio la sangre de sus jóvenes correr en el altar de los sacrificios de los crímenes de Estado. Vio cómo se abría una herida que no cierra y a la cual se suman cada vez más heridas como Ayotzinapa, entre otras.

En medio de la nostalgia se dibuja a los años 50 y 60 como una edad de oro, una época de abundancia. Ciertamente, hubo un crecimiento económico en donde hasta México, devastado económicamente por la Revolución, pudo reconstruirse y crecer sostenidamente por años y mantener una paridad fija del dólar en 12.50 pesos por décadas.

El Estado mexicano otorgaba paz y estabilidad pero era alérgico a la democracia y, como dice Enrique Krauze, esa extraña fórmula a la que se sumaba el crecimiento económico quiso ser imitada por varios países; pero ese ogro filantrópico al parecer sólo podía desarrollarse en México.

La década de los sesenta fue una era de rebeldía y contrastes pero también de un pensamiento crítico que cuestionó la base misma del sistema político, tanto en el bloque capitalista como en el socialista. París, Praga, México, son emblemas de un espíritu contestatario y de espíritu transformador. Sin embargo, en los países totalitarios la respuesta a este espíritu fue asesinar a los jóvenes que encarnaban esos ideales. Mientras en Checoslovaquia los tanques rusos aplastaban las flores de la primavera checoslovaca, en el otoño mexicano los tanques y paramilitares asesinaban a sus propios hijos, hermanos: los estudiantes. El sistema político mexicano ya no volvería a ser el mismo, su fuente de legitimidad se había quebrantado.

Casi 10 años después de Tlatelolco, Octavio Paz escribió en su ensayo El Ogro Filantrópico:

“Desde 1968 los Gobiernos mexicanos buscan, no sin contradicciones, una nueva legitimidad. La fuente de la antigua era, por una parte, de orden histórico o más bien genealógico, pues el régimen se ha considerado siempre no sólo el sucesor sino el heredero, por derecho de primogenitura, de los caudillos revolucionarios; por la otra, de orden constitucional, ya que era el resultado de elecciones formalmente legales”.

Paz miraba en el horizonte la consolidación del sistema de partidos tras la reforma electoral de 1977 pero se cuestionaba si esta tendría algún efecto ante un poder tan centralizado como el mexicano, por ello planteaba que primero el Estado tendría que autorreformarse.

Escaneado 2 oct 2018 16.58
Imagen cortesía Archivo Aguilera

A 50 años de la masacre de Tlatelolco, donde las cifras varían y los revisionistas de la historia pretenden minimizar el acontecimiento, ¿qué tanto hemos cambiado como sociedad? ¿Hemos logrado algo por lo que los jóvenes idealistas lucharon y pagaron con su sangre? ¿Somos un país mejor? ¿Tenemos democracia y más libertades? ¿Tenemos estabilidad económica y crecimiento? ¿Tenemos paz? Las respuestas en este momento parecen ser negativas y no por esa falsa añoranza de que todo tiempo pasado fue mejor sino porque Tlatelolco es la más emblemática de una serie de heridas que hoy siguen abiertas en nuestro país que se desangra lentamente.

Algo tendremos que hacer para que el dos de octubre no se olvide y podamos cambiar el país, como entonces muchos jóvenes lo soñaron y muchos lo desean actualmente. No desaprovechemos el momento histórico.

 

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De fulgores abstractos y comunistas en calzoncillos

Jacarandas
Foto: Miguel Mejía H.

Víctor López Jaramillo

La persistencia de la poesía en la memoria es como la gota de agua constante que perfora la roca. La poesía se forja a fuego lento en la memoria. Palabras que con el tiempo van echando raíces en la existencia.

Los poemas que sobreviven con el paso de los años van profundizando y en muchos casos cambian el significado a la par que evoluciona el lector.

Muchos poemas que fueron de mis favoritos en mi juventud siguen presentes, frases grabadas en mi memoria. Sin embargo, algunas otras carecen ya del significado que en su momento tuvieron. Las significantes, han evolucionado.

Uno de esos poemas es el de Alta Traición de José Emilio Pacheco. Ese que dice: No amo mi patria.

Su fulgor abstracto es inasible.

Pero (aunque suene mal) Seguir leyendo De fulgores abstractos y comunistas en calzoncillos

Sin Bob Dylan, el rock hubiera sido mediocridad #Nobel

Víctor López Jaramillo

Para Julio Figueroa, auténtica Piedra Rodante… o palabrero rodante.

Si el año pasado la Academia Sueca había roto cánones al premiar a una periodista, Svetlana Aleksiévich, este año nuevamente lo hizo al premiar a un rapsoda, a un outsider, a un emblema de la llamada contracultura, a Robert Allen Zimmerman, alias Bob Dylan.

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Ilustración: Aurora Vizcaíno Ruiz

Churchill y el ‘Gabo’

La designación de los Nobel de Literatura nunca está exenta de polémicas.

Una de ellas fue el de Winston Churchill en 1953. Sí, leyó usted bien, Churchill, quien fuera primer ministro británico y cuya tenacidad permitió salir a flote a Gran Bretaña en su lucha contra el nazismo.

¿Churchill era escritor o poeta? No. En todo caso, era historiador. La mayoría de sus obras publicadas son en esa disciplina. La Academia lo explicó así: “Por su maestría en la descripción histórica y biográfica, tanto como por su brillante oratoria, que defiende exaltadamente los valores humanos”. Es decir, fue un premio por su papel en una coyuntura histórica importante de la historia de Occidente.

¿Los premios definen a los mejores o los peores? En la cultura del exitismo neoliberal, . Pero en la lógica de la Academia, los premios de Literatura también reconocen movimientos y destacan a uno de sus miembros. Así lo entendió Carlos Fuentes cuando dijo: “cuando se lo dieron a García Márquez (1982) me lo dieron a mí, a mi generación, a la novela latinoamericana que nosotros representamos en un momento dado. De manera que yo me doy por premiado”.

En esa lógica hay que entender muchas de las designaciones del Nobel literario. Claro, entre designación y designación y en su afán de ser universalista, muchos escritores merecedores del premio se han quedado sin él. Baste recordar a Jorge Luis Borges, que nunca obtuvo ese galardón.

Los tiempos están cambiando

Las redes sociodigitales estallaron tras la noticia de la designación del Nobel a Dylan. Inmerecido dijeron algunos. Es un simple cantante, argumentaron. La contraparte lo festinó y destacaron el valor poético de sus letras.

Acostumbrados a que muchos de los autores premiados fueran poco conocidos en este lado del hemisferio y que sus ventas comenzaran tras el Nobel, en el caso de Bob Dylan fue un tanto diferente.

Desconozco la reacción entre los hablantes de la lengua inglesa pero entre los de lengua española, Dylan es popular pero poco se conoce de su obra letrística, por eso es comprensible que muchos descalificaran el premio, pues solo ven a Dylan como un cantante, no a un poeta acompañado de una guitarra y armónica.

¿Qué premia la Academia al otorgar el máximo galardón a este poeta con voz de borrego con gripe –José Agustín dixit? Como mencionamos antes, Dylan es parte de un movimiento cultural que surge en el siglo XX. Es una de las cabezas más visibles de esa revolución que fue el Rock, de la cual ahora sólo quedan cenizas.

Parménides García Saldaña (1944-1982), escritor de la ‘Onda’, en su ensayo “En la ruta de la Onda” destaca el valor crítico e intelectual de Dylan, porque mientras los Rolling Stones se aprendían a Chuck Berry, Dylan estudiaba a Nietzsche y Kant.

Dice el buen Parménides:

“Para la juventud reunida en torno a Bob Dylan, la folk music no era disipación sino el medio (la obra) para expresar su descontento con acontecimientos de la vida norteamericana: la discriminación racial, la invasión a Cuba, la guerra de Vietnam, la deshumanización del pueblo norteamericano. No pertenecían —estos chavos— a una juventud sonriente —yeah-yeah-yeah— porque el mundo donde habían nacido y crecido era sombrío, destructivo, criminal sanguinario. El paraíso de los cerdos”.

Sin Dylan, el rock hubiera sido mediocridad

Bob Dylan empezó como cantante folk a inicios de los sesenta. Su canción ‘Los tiempos están cambiando’, de tintes proféticos, anuncian una nueva era. Luego vino su conversión del folk al rock con su disco ‘Highway 61 revisited’, en donde viene otra de sus canciones clásicas: ‘Like a Rolling Stone’.

¿Qué le aporta Bob Dylan al rock, uno de los movimientos fundamentales de los sesenta? Para García Saldaña nunca hubo duda:

Sin él, el rock hubiera sido la mediocridad. Dylan fue el único gurú que rechazó ser gurú, fue el único que no quiso aceptar el papel de héroe en la farsa; por esto ahora es el compositor más brillante y genial de los sesenta”.

En el ya citado ensayo, Parménides concluye que sin Bob Dylan:

el rock solo hubiera expresado una rebeldía sin causa, una visión telenovelesca de los jóvenes”.

Y en un alarde de congruencia,

“Bob Dylan renunció, con carácter de irrevocable, a que el Establishment lo hiciera un símbolo disponible para idiotizar a la adolescencia y a la juventud; se resignó, bellamente, con su vocación de hombre, compositor y cantante”,

remata García Saldaña.

La respuesta está en el viento

El argumento de la Academia Sueca para premiar a Dylan fue “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Líneas arriba argumentábamos que el premio reconoce en Dylan no solo a una expresión poética, sino a todo un movimiento cultural que tuvo su auge en los años sesenta.

Una de las obras seminales de Dylan es la de ‘Blowin’ in the wind’, canción que define una época y que el propio Parménides la explica:

“Blowin’ in the Wind sirvió a dicha minoría (seguidores de la música folk) como símbolo de sus preocupaciones políticas: que los negros después de 400 años de chingaderas, empezaran a ser tratados como seres humanos y no como bestias, que los Estados Unidos dejaran de ser los patrones del mundo y dejaran de asesinar vietcongs, que los Estados Unidos ya no explotaran a los países latinoamericanos, ni fueran los impositores de gobiernos de gorilas como los de Guatemala, Brasil y demás países de este lado del Río Bravo, tales como Colombia, Bolivia, Argentina.”

La de Bob Dylan es una lírica que define una posición política y que define una era. Hoy, ha sido reconocido con el Nobel y Dylan, siendo fiel a sí mismo, no ha dicho nada. Una duda ha empezado a surgir ¿Que dirá al aceptar el premio? ¿ O lo rechazará? Faltan días para ese momento, así que mientras, escuchemos y leamos sus canciones. Recomiendo las traducciones sueltas que alguna vez hizo el propio Parménides y que por falta de espacio no he podido incluir, quizá en una siguiente entrega.

Cuentos para Día de Muertos 2. Pasión Satánica

La siguiente historia es extraída del libro Historias Bizantinas de Locura y Santidad, una obra que comprende los libros El Prado de Juan Mosco y Vida de Simeón el Loco de Leoncio de Neápolis. Ambas son traducidas para este volumen por José Simón Palmer y publicadas por Siruela en su colección Biblioteca Medieval.

Pasión Satánica

En la imagen, Mechthild de Magdeburg monja del convento de Helfta
En la imagen, Mechthild de Magdeburg monja del convento de Helfta

Juan Mosco

Cuando vivíamos en Alejandría un fiel nos contó esta historia.

Una monja vivía en su casa consagrada a la vida contemplativa y al cuidado de su alma. Estaba entregada al ayuno, la oración y la vigilia y hacía muchas obras de caridad.

Pero el diablo, eterno enemigo del género humano, no soportaba semejantes virtudes en aquella virgen y levantó una nube de polvo contra su persona: inspiró a un joven una pasión satánica por ella. El muchacho acechaba a la monja fuera de su casa y cuando ésta quería salir a rezar a una capilla, se lo impedía, ya que la importunaba y coaccionaba como hacen los enamorados. Tanto era así que, por el fastidio que le causaba el joven, la monja se vio obligada a no salir ya de su casa.

Un día le envió a su criada para que le dijera: «Ven, mi señora quiere verte». El muchacho fue a su casa contento, creyendo que había logrado su objetivo. La monja estaba sentada al telar.

—Siéntate —le dice al joven; y una vez sentado, le pregunta—: De verdad, señor hermano, ¿por qué me angustias de esta manera y no me dejas salir de casa?

—La verdad, señora, es que te deseo vivamente. Cada vez que te veo soy todo fuego.

—¿Qué ves en mí tan hermoso para quererme así?

—Tus ojos.

La monja, al oír que la causa de su extravío eran sus ojos, cogió la lanzadera, se la clavó y se los sacó. El muchacho, al ver que se los había sacado por su culpa, se retiró compungido al desierto de la Escete. Allí llegó a ser, también él, un monje ejemplar.

Cuentos para Día de Muertos 1. Archidiablo Belfegor de Maquiavelo

el-archidiablo-belfegor-L-1Estaba un día el Diablo preguntándose porque muchos hombres que en vida habían estado casados, culpaban al matrimonio como el causante de su estancia en el Infierno.

Dicen que sabe mas el Diablo por viejo que por diablo, pero eso no es completamente verdad. En realidad, el Diablo sabe más porque ejerce el pensamiento científico, a diferencia de su eterno rival Dios, que opta por el pensamiento mágico antes que el científico.

Intrigado por tal actitud y decidido a usar el método científico, el Dr. Diablo decidió hacer una investigación sociológica para averiguar porque los hombres culpaban al matrimonio de pasar la vida eterna en el Infierno.

Así, designó al Archidiablo Belfegor para que utilizando la técnica de la observación participante en la ciudad de Florencia, investigara y, a la brevedad, le entregará resultados.

Esta es una historia que Nicolás Maquiavelo, algo así como el diablo de la política, escribió. Por lo general, recordamos a Maquiavelo por su obra política como El Príncipe o Los Comentarios a las Décadas de Tito Livio. Sin embargo, como hombre renacentista, su pluma abarcó variados géneros. Esta fábula se inscribe dentro de sus obras jocosas, pero igual de profundas que las antes mencionadas.

Si quiere usted querido lector saber cual es el resultado de la investigación sobre la correlación entre el matrimonio y el Infierno del Archidiablo Belfegor, escrita por Maquiavelo, de clic en el siguiente enlace para leer la obra completa: —-> http://www.saltana.org/1/pros/311.html#.VjZSjq4ve1s