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Mis memorias del Mundial México 86: Estadio Corregidora, cuando la Coca-Cola supo a cloro

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Foto tomada de mercadolibre.com.mx

Víctor López Jaramillo

No recordamos el pasado como fue sino como somos. Así, cada instante vivido vuelve a ser reconstruido. Le pedimos testimonio y lo llamamos a declarar ante el juez Cronos. Todos somos actores secundarios en el gran Teatro de la Memoria, como lo llamó Leonardo Sciascia.

¿Qué actor somos de nuestro pasado? ¿Como recordaremos el futuro? ¿Cómo viviremos nuestro pasado? Ante tanta incertidumbre , tendré que recurrir al apotegma Garciamarquiano: no es como vivimos la vida, sino como la recordamos para contarla.

¿Qué recuerdo del Mundial México 86? ¿Cómo lo viví? ¿Qué les puedo contar? ¿Qué recuerdos a mis tiernos once años guardé de ese Mundial?

De lo destacable es que, como muchos queretanos, estuve en el primer partido del Mundial en el Estadio Corregidora, un Alemania Occidental (¡Entonces era un mundo donde había dos Alemanias!) en contra de la República Oriental del Uruguay, que terminó empatado a un gol y que recuerdo como terriblemente aburrido.

Mientras dibujo mi recuerdo, empiezo a excavar en mis archivos del pasado.

Una vez dijo Mick Jagger que él no era archivista de su vida y lamentablemente yo tampoco, pues muchos de esos archivos se han perdido en la humedad del olvido.

Así, al estilo David Carr que reporteó que había sido de su vida durante sus años perdidos en sus excesos, decido reportear mi memoria, contrastar mis recuerdos, buscar testimonios cercanos y documentos que me reconstruyan ese 4 de junio de 1986 en el Estadio Corregidora. Contrastar mi frágil memoria con lo que fue.

El primer documento es un boleto del partido que tengo en mi álbum de fotografías. El logotipo del mundo unido por un balón en el extremo izquierdo mientras que al centro dice “Estadio La Corregidora, Querétaro, Qro. Junio 4-12:00. 1a Fase/Juego 1.” Es el primer paso. Es el equivalente al hueso del que los paleontólogos reconstruyen un tiranosaurio rex completo.

Entonces cursaba el sexto año de Primaria en la escuela Miguel Hidalgo en San José Iturbide, Gto. Un día antes del primer juego en el Estadio Corregidora la selección mexicana había debutado en el Azteca en contra de Bélgica.

Iba en el turno vespertino, por lo que el partido de México se cruzaría con las clases que, aunque usted no lo crea, no se suspendieron ni nos pusieron una televisión para ver el partido. Quizá entonces el futbol no tenía tanta importancia como ahora o en ese rincón de Guanajuato no era lo más importante.

Eso sí, entre profesores se iban pasando los detalles más importantes del encuentro. Así que antes de terminar la primera hora de clase, ya sabíamos que México había ganado su primer partido. Por la noche, vería los goles de Quirarte y Hugo Sánchez en el resumen por televisión.

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Foto tomada de ebay.com

“Un juego de ajedrez viviente”

Llegó el gran día. Ir al templo pagano del Estadio Corregidora a ver un duelo mundialista (Y faltar a clases). A mi padre le habían obsequiado pases en la compañía trasnacional para la que trabajaba -esa que los marxistas se desgañitan gritando que son las aguas negras del imperialismo, frase que siempre me ha causado risa y que me acaba de generar una sonrisa mientras escribo esto.

Asistimos toda la familia. Mi madre nos alistó desde temprano porque mi padre pertenece a esta tribu que adora llegar con horas de anticipación al estadio. Sin embargo, recuerdo que llegamos tarde, como suele suceder muchas cosas en mi vida.

Apenas nos sentábamos en las gradas tras la portería norte en un lugar que, como dijo don Napoleón, amigo cercano de mi papá, íbamos a ver el juego de maravilla, “como si fuera un juego de ajedrez viviente”, cuando cayó el gol uruguayo.

Hasta el otro extremo de la cancha, un jugador de celeste le ganaba la pelota a uno de verde y la pateaba para incrustarla en el arco alemán. Uruguay uno, Alemania cero.

– ¿Seguro que estábamos detrás de la portería norte?, me pregunta mi padre cuando platico con él vía telefónica para intentar reconstruir ese juego.

– Sí, aquí dice claramente en el boleto del Mundial. Al menos mi asiento era el 02-19-01764. ¿Qué mas recuerdas del juego?, le vuelvo a preguntar.

– Fue un juego muy aburrido. Un empate. Era el primer juego. Estuvo mejor el de Dinamarca, al que fuimos después…

– A ese ya no me llevaste.

– ¿No? ¿En serio que no?

Un juego “tácticamente interesante”

Tengo que recurrir a la hemeroteca para recordar los detalles del juego. El Diario de Querétaro calificó al juego como un duelo de poder a poder en donde las escuelas charrúa y alemanabrillaron en todo su esplendor”, de acuerdo con la nota del reportero Gonzalo Vargas.

Busco en YouTube y el gol uruguayo lo hizo Alzamendi, quien aprovechó un mal pase retrasado de Lothar Mathäuss y fusiló al arquero.

En mis recuerdos no vi un juego de ajedrez, mas bien uno de damas chinas en donde las fichas verdes (Alemania) chocaban con las fichas celestes (Uruguay).

Un juego trabado, donde cada equipo trató imponerse a través de la fortaleza física y no por el talento, que a cuentagotas soltaba el uruguayo Francescoli. Pocas jugadas de fantasía que hacen que un niño se enamore del futbol, sólo un juego “tácticamente interesante”, ese eufemismo que se usa para decir que un partido es aburrido.

Coca-cola y cloro

Tras el gol charrúa y la defensa a ultranza, comenzó el sopor. Buscar distraerse de otra cosa en el estadio. Pasó el vendedor de palomitas y compramos palomitas. Fiel a mi costumbre, me llene de salsa mientras me las comía, en tanto, en la cancha del Corregidora alemanes y uruguayos se pateaban mutuamente.

Después vino lo memorable del partido. Y no pasó en la cancha. Sucedió en las gradas, bueno, no en todas las gradas, sino en la zona donde estábamos.

Las palomitas nos dieron sed y para aplacarla, nada como las deliciosas aguas negras del imperialismo (insisto, me causa mucha gracia esa frase y más con la rabia que la dicen algunos).

Pedimos una Coca-Cola, dos Coca-Colas. Apenas nos las sirvieron, mi hermana le dio un trago y de inmediato lo escupió. Volteó enojada a ver a mi padre y dijo: “esto no es refresco”. Mi padre que intentaba poner atención al soporífero partido, le dijo que no dijera nada. Probé y, en efecto, eso sabía a rayos. Era imposible de beberlo. Muchos en las gradas se empezaron a quejar del sabor de la Coca-Cola.

¿Que fue lo que pasó? Pues que en el primer juego, la compañía refresquera quiso innovar y meter repartidores con un tanquecito de refresco en la espalda. Al parecer, el agua no estaba bien purificada, tenía cloro y, por tanto, la Coca-Cola sabía feo. Para el segundo tiempo cambiaron, dejaron los tanquecitos y daban Coca-Colas queretanas de vidrio en vaso de plástico y problema solucionado.

Ya con el sabor correcto mas la combinación con las palomitas enchiladas, hicieron más llevadero el juego.

¿Y el resultado? Ah sí, la defensa charrúa no soportó el embate teutón y casi al final del partido, Alemania empató con gol de Klaus.

Ese 4 de junio en mi memoria está archivado un juego aburrido entre Alemania Occidental y Uruguay y que en las gradas nos vendieron refresco con sabor a cloro.

De ese Mundial en Querétaro, también recuerdo el partido España- Dinamarca pero no tanto por haber asistido, sino porque gracias a él, me libré de una estricta educación religiosa para poder ser un pagano entregado a la religión del futbol y otras malas artes, pero esa es otra historia.

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La vuelta de los años

Correr por la vida como el conejo de Alicia...
Correr por la vida como el conejo de Alicia…

 

Víctor López Jaramillo

Estamos cerca de que termine el año, a pocas horas de que arranquemos la última hoja del calendario y nos sentemos en la mesa con familiares y amigos dispuestos a escuchar las 12 campanadas que marquen un nuevo comienzo.

Los seres humanos somos animales sociales que vivimos en ciclos. Y vivimos el tiempo en forma de circular. Aunque en nuestra cultura judeocristiana la idea del tiempo lineal es fundamental, recordemos que se pregona un inicio y un fin de los tiempos, sin embargo, ordenamos nuestra vida, le damos sentido con los ciclos, con las vueltas de las manecillas en un reloj circular.

Y los humanos ordenamos el tiempo de acuerdo a los ciclos de la naturaleza. El año es una vuelta de la tierra alrededor del sol y a su vez, dividimos el año en 365 giros de la tierra sobre sí misma, a la vez que agrupamos esas vueltas en 12 divisiones más o menos del mismo tamaño, con la notable excepción de febrero, que apenas alcanza 28 días.

Y, nuevamente, los meses los agrupamos en estaciones, donde las variaciones climáticas nos indican en que momento del año estamos. Justo ahora mismo, estamos en inicios del ciclo de invierno, el periodo donde el frío y las malas condiciones climáticas reducen el espacio para actividades físicas y nos hacen tomar una pausa temporal para encarar el nuevo año.

Por ello, a la espera de que suenen esas campanadas que marcan el fin del año, un ciclo creado por los seres humanos, y se comience el ritual de comer 12 uvas, destruir globos, descorchar el vino, romper objetos viejos (claro, porque los humanos también somos animales que gozamos de los rituales, esos rituales que se repiten cada ciclo y parecen darle sentido a la vida), es preciso mirar el fuego del tiempo en que se ha consumido el año y rememorar, no con el aire de la nostalgia ni de la falsa melancolía de los ayeres idos, sino con el mirar del sabio que recapitula para prepararse para los tiempos por venir.

¿Alguien recuerda las esperanzas con las que empezaron estos días del 2014 que está a punto de fenecer? ¿La euforia y los abrazos? ¿Los buenos deseos del primero de enero? ¿Las promesas a cumplir en los siguientes 365 días?

La respuesta en muchos de los casos será que no. Y ello porque nos es difícil recordar cómo iniciamos el año porque la carcoma de la vida cotidiana acaba siempre durmiendo en nuestra cama (sí, como lo dice la canción de Joaquín Sabina).

Hay años que se quedan marcados en nuestra memoria. Hay años en los que los momentos de felicidad superan las sombras y los recordaremos con una sonrisa en los labios. Otros, en cambio, queremos que queden atrás en el tiempo y no recordarlos ni volver a vivir nada parecido nunca más. A veces, esas rachas de felicidad o tristeza superan el ciclo del año y duran más tiempo. A veces queremos que sean eternos o duren un instante.

Cada año trae sus propias lecciones. Cada año trae sus logros y sus derrotas. Cada año nos deja su huella indeleble en nuestros rostros con nuevas arrugas o en nuestra memoria con más recuerdos. No hay años vividos en vano. Vivir no es vano.

Sí, a veces desperdiciamos el tiempo y luego aceleramos para tratar de recobrarlo. A veces nos desesperamos porque no sabemos cuándo empezar o terminar. Nos enojamos, como dice la canción de Pink Floyd, porque nadie nos dijo cuando era el tiempo de empezar a correr.

Y tarde empezamos a correr por la vida como el conejo de Alicia, con un reloj en la mano siempre diciendo que es tarde, que es irremediablemente tarde. O quizá de tanto correr se ha llegado temprano. Todo depende del tiempo.

Y el tiempo se ha ido, el artículo se ha terminado, creo tenía algo más que decir (sí, así termina también la canción Tiempo de Pink Floyd), sólo resta desearles a ustedes queridos lectores un Feliz Año 2015.

Areopagítica digital #EPNvsInternet

Víctor López Jaramillo
I
Hace 2,500 años, el griego Eurípides en su obra Suplicantes escribió: “Todo el que pueda, debe dar consejo a su patria. ¿Ves? Cada uno puede salir a la luz pública, o esconder su grandeza si le place callarse. ¡Hay algo mejor, acaso, que esa igualdad!”.

Se refiere, claro, a la libertad de expresarse como un valor básico de la democracia. Por ello, esa frase fue incluida como cita introductoria en el texto que el poeta inglés John Milton pronunció en contra de la censura y a favor de la libertad de impresión ante el Parlamento inglés el 14 de junio de 1643.

En ese discurso, titulado precisamente Areopagítica, por ser el Areópago –una especie de Consejo ateniense- una institución similar al Parlamento inglés, John Milton se pronuncia en contra de las intenciones de las Cámaras de los Lores y los Comunes de no permitir la impresión de ninguna obra que no fuese aprobada por los parlamentarios, además de la prohibición de importar libros ya impresos en la isla británica.

En el discurso, hecho durante los agitados momentos de la Revolución Inglesa, John Milton hace gala de su erudición y conocimiento de la cultura clásica, destaca la importancia de la libertad de expresión como uno de los valores que permitieron florecer la cultura y la política en la Grecia y Roma clásica.

Y advierte: “Si pensamos en regular las prensas, para con ello enderezar los modales, deberemos regular toda casta de solaces y pasatiempos, todo aquello en que los hombres hallaren su deleite. No habría que oír música, ni debería canción ir al pentagrama o ser entonada, como no fueran dóricas y graves. Ni sin permiso debería espaciarse la danza para guardar la mocedad de ademán movimiento o porte de los que vuestro permiso no estimara honestos… ¿Quién habrá de vedarlos?, ¿o lo harán 20 licenciadores?”

Siglo y medio más tarde, en el preámbulo de la Revolución Francesa el 4 de diciembre de 1788, el Conde de Mirabeau retoma lo dicho por Milton y agrega: “No es suprimiendo la libertad de prensa como se podrá uno jactar de llegar a ese fin, puesto que los menores asuntos exigirán la misma censura; y así por ese método, no haríamos otra cosa que ponernos trabas ridículas e inútiles”.

Y agrega que la censura es una afrenta y un gran motivo de desmoralización para las letras y para quienes la cultivan: “la inteligencia y la verdad no son mercancías susceptibles de monopolio ni cuyo comercio pueda someterse a reglamentos especiales”.

II
Conviene desempolvar las palabras dichas por estos personajes, que por su férrea defensa de la libertad, permitió crear momentos que transformaron al mundo.

Conviene pararse en los hombros de esos gigantes ahora que en el Senado de la República se discutirá un proyecto de ley que definirá los siguientes años las comunicaciones en nuestro país, ya sea en el ámbito de televisión, telefonía o redes sociales.

México también tiene sus momentos históricos de defensa de la libertad de expresión. Aun cuando iba de caída su movimiento, Miguel Hidalgo creó un periódico, El Despertador Americano, para difundir las ideas independentistas y defenderse de las acusaciones que le hacía la Iglesia Católica.

La Guerra de Reforma y la Intervención Francesa, tuvieron como baluartes a una generación de escritores y periodistas que con la pluma y la espada, en el campo de las ideas y en el campo de batalla, dieron la pelea por defender un proyecto, que más tarde que temprano se consolidó.

Durante la Revolución Mexicana también hubo momentos heroicos. Y precisamente en el Senado de la República, Belisario Domínguez defendió la libertad de expresión y cuestionó acremente el gobierno golpista de Victoriano Huerta. Fue asesinado por esbirros del usurpador. Hoy, la medalla que lleva su nombre se otorga a quienes se considera han hechos grandes servicios a México y la humanidad.

Durante el largo gobierno del PRI en el siglo XX, la libertad de prensa y expresión eran rehenes del gobierno en turno. El delito de “disolución social” era el instrumento legal para detener a los críticos del régimen.
Hoy, ante un nuevo escenario en las comunicaciones y en el que el régimen político del siglo XX no termina su ciclo, se ha emprendido una reforma en telecomunicaciones.

La carta de presentación del movimiento No más poder al poder, que encabezan varias organizaciones, entre ellas la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI), resume claramente el problema por el que atraviesa este país:

“El Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFETEL) señaló en el Programa para licitar dos nuevas cadenas de televisión que este mercado “registra un alto nivel de concentración, ya que Grupo Televisa y Televisión Azteca en su conjunto concentran, directa o indirectamente, 95 por ciento de las concesiones, 96 por ciento de la audiencia y 99 por ciento de los ingresos por publicidad…”
“Se sabe, adicionalmente, que las líneas de telefonía fija de Telmex llegan al 79.4% del total del país y que Telcel presta servicios al 70.20% de los clientes de telefonía móvil, mientras que a través de Prodigy se otorgan servicios de acceso a Internet al 76.9% de los usuarios del país.

Aunque en la primera fase de la reforma se dieron pasos positivos, el punto definitorio que sería las leyes secundarias muestra un severo retroceso. La amenaza de callar digitalmente a ciudadanos durante protestas es un grave retroceso a la libertad de expresión.

En la más rancia tradición política mexicana, los albazos legislativos han sido un instrumento del para avalar elecciones dudosas y leyes antipopulares. Esta semana pudiera darse un albazo más.
Por ello, a través de las redes sociales se llama a la protesta para que no se dé un albazo legislativo y se dé una profunda discusión de la nueva ley. Una ley que no favorezca sólo a las corporaciones o a la clase política, una ley, donde el ciudadano vea respetados sus derechos. Difícil, pero no imposible.

Más información, aquí:

III
Conviene desempolvar las palabras dichas por estos personajes durante momentos que transformaron al mundo y que su férrea defensa de la libertad permitió dejar atrás oscurantismos.

Conviene pararse en los hombros de esos gigantes ahora que la semana pasada, en Querétaro se vivió una censura técnica a una exposición artística.

El artista Valerio Gámez denunció públicamente que el Instituto Queretano para la Cultura y las Artes había cerrado la galería donde se presentaba su exposición Crux. El argumento es que ofendía la moral católica. Por su parte, Laura Corvera, titular del organismo cultural, negó cualquier tipo de censura y lo atribuyó a que en Semana Santa cierran los museos.

Este hecho causó molestia en la comunidad artística queretana y representa una llamada de alerta ante la posibilidad de que el brazo de la censura quiera extenderse.

Por ello, como parte de las convocatorias contra la reforma en telecomunicaciones, este martes, artistas locales han convocado a protestar e incluir este caso como un ejemplo del proyecto nacional para inhibir la libertad de expresión, como argumentan es la reforma a las leyes secundarias en telecomunicaciones.

Actuar local y pensar global. Este es un capítulo más en la larga historia de la defensa de la libertad de expresión.

Octavio Paz, crítico del poder

Ilustración de Aurora Vizcaíno Ruiz.
Ilustración de Aurora Vizcaíno Ruiz.

Víctor López Jaramillo

La semana pasada comentamos sobre la obra poética de Octavio Paz, de quien celebramos el centenario de su natalicio. Y no hay mejor celebración que recordar al Octavio paz ensayista, al crítico lúcido del poder.

En los años 70, en una entrevista con el periodista Julio Scherer García, Octavio Paz hace un diagnóstico sobre el estado de la derecha y la izquierda en México.

En la página 379, en el tomo titulado El Peregrino en su Patria, el número 8 de las Obras Completas de Paz, se puede leer: “La derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos desde la derrota de Miramón. Es una clase acomodaticia y oportunista. Su táctica, lo mismo que en la época de Díaz que hora, consiste en infiltrarse en el gobierno. Es una clase que hace negocios pero que no tiene un proyecto nacional. El país, para ellos, no es el teatro de su acción histórica sino un campo de operaciones lucrativas”.

La crítica no es de palabras dulces y sonoras: “La izquierda sufre de una parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación”, dijo el premio nobel de literatura.

Claro, también hizo la crítica al régimen surgido de la Revolución Mexicana y al PRI, que denominó “el brazo político del poder”. En el ensayo El Ogro Filantrópico, publicado en la revista Vuelta en 1978, señaló que el Estado mexicano había sido el agente cardinal de la modernización, sin embargo, él mismo no ha podido modernizarse.

Escribió Paz en ese célebre ensayo: “En un régimen de ese tipo, el jefe de gobierno –el príncipe o el presidente- considera al Estado como su patrimonio personal o personal. Por tal razón, el cuerpo de los funcionarios y empleados gubernamentales, de los ministros a los ujieres y de los magistrados y senadores a los porteros. Lejos de constituir una burocracia impersonal, forman una gran familia política ligada por vínculos de parentesco, amistad, compadrazgo, paisanaje y otros factores de orden personal. El patrimonialismo es la vida privada incrustada en la vida pública. Los ministros son los familiares y los criados del rey. (…) los vínculos entre los cortesanos no sean ideológicos sino personales”.

También acusó Octavio Paz una contradicción en el Estado mexicano: la tecnocracia tiene que compartir los privilegios y riesgos de  la administración pública con los amigos, familiares y favoritos del gobernante en turno. Es un choque entre la sociedad cortesana y la burocracia tecnócrata.

Por ello, Paz manifestó que en el Estado Mexicano convivían tres órdenes o formaciones distintas: La burocracia gubernamental, el conglomerado heterogéneo de amigos, favoritos y familiares y la burocracia partidista, formada por políticos profesionales a los que une no la ideología, sino los intereses.

A casi cuatro décadas de haber sido escritas por primera vez estas palabras, y a la luz del centenario del natalicio del autor, ¿Cuáles siguen vigentes?

Las críticas a la derecha y la izquierda no han envejecido. Y me parece que tampoco los señalamientos al régimen priista. Podemos apreciar esa contradicción en el gobierno de José Calzada, prevalece esa dualidad entre la tecnocracia contra los favoritos del calzadismo por tener los privilegios del  poder en Querétaro, mientras que en la sombra, la clase priista teje sus acuerdos más por interés que por ideología.