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Mis primeros 25 años en el periodismo

Víctor López Jaramillo

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Mi primer nota publicada en El Nuevo Amanecer, con la cual empezaba mi carrera periodística

 

Este 2 de noviembre de 2017 se cumplen 25 años de que publiqué mi primer nota periodística en el semanario El Nuevo Amanecer, con lo cual se iniciaba mi andar en el largo y sinuoso camino del periodismo.

La nota fue publicada en la sección correspondiente al municipio guanajuatense de San José Iturbide en el semanario dirigido por Efraín Mendoza Zaragoza y hacía referencia al servicio social que prestaban estudiantes de la Preparatoria Plan Guanajuato al pintar señalamientos viales.

Tenía yo tiernos 17 años y cursaba el primer semestre de la carrera técnica de Periodismo de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) cuando unos compañeros que colaboraban en El Nuevo Amanecer reclutaban aspirantes a periodistas para enriquecer el proyecto editorial.

Fue Jesús Flores Lara quien con Seguir leyendo Mis primeros 25 años en el periodismo

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Mis memorias del Mundial México 86: Estadio Corregidora, cuando la Coca-Cola supo a cloro

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Foto tomada de mercadolibre.com.mx

Víctor López Jaramillo

No recordamos el pasado como fue sino como somos. Así, cada instante vivido vuelve a ser reconstruido. Le pedimos testimonio y lo llamamos a declarar ante el juez Cronos. Todos somos actores secundarios en el gran Teatro de la Memoria, como lo llamó Leonardo Sciascia.

¿Qué actor somos de nuestro pasado? ¿Como recordaremos el futuro? ¿Cómo viviremos nuestro pasado? Ante tanta incertidumbre , tendré que recurrir al apotegma Garciamarquiano: no es como vivimos la vida, sino como la recordamos para contarla.

¿Qué recuerdo del Mundial México 86? ¿Cómo lo viví? ¿Qué les puedo contar? ¿Qué recuerdos a mis tiernos once años guardé de ese Mundial?

De lo destacable es que, como muchos queretanos, estuve en el primer partido del Mundial en el Estadio Corregidora, un Alemania Occidental (¡Entonces era un mundo donde había dos Alemanias!) en contra de la República Oriental del Uruguay, que terminó empatado a un gol y que recuerdo como terriblemente aburrido.

Mientras dibujo mi recuerdo, empiezo a excavar en mis archivos del pasado.

Una vez dijo Mick Jagger que él no era archivista de su vida y lamentablemente yo tampoco, pues muchos de esos archivos se han perdido en la humedad del olvido.

Así, al estilo David Carr que reporteó que había sido de su vida durante sus años perdidos en sus excesos, decido reportear mi memoria, contrastar mis recuerdos, buscar testimonios cercanos y documentos que me reconstruyan ese 4 de junio de 1986 en el Estadio Corregidora. Contrastar mi frágil memoria con lo que fue.

El primer documento es un boleto del partido que tengo en mi álbum de fotografías. El logotipo del mundo unido por un balón en el extremo izquierdo mientras que al centro dice “Estadio La Corregidora, Querétaro, Qro. Junio 4-12:00. 1a Fase/Juego 1.” Es el primer paso. Es el equivalente al hueso del que los paleontólogos reconstruyen un tiranosaurio rex completo.

Entonces cursaba el sexto año de Primaria en la escuela Miguel Hidalgo en San José Iturbide, Gto. Un día antes del primer juego en el Estadio Corregidora la selección mexicana había debutado en el Azteca en contra de Bélgica.

Iba en el turno vespertino, por lo que el partido de México se cruzaría con las clases que, aunque usted no lo crea, no se suspendieron ni nos pusieron una televisión para ver el partido. Quizá entonces el futbol no tenía tanta importancia como ahora o en ese rincón de Guanajuato no era lo más importante.

Eso sí, entre profesores se iban pasando los detalles más importantes del encuentro. Así que antes de terminar la primera hora de clase, ya sabíamos que México había ganado su primer partido. Por la noche, vería los goles de Quirarte y Hugo Sánchez en el resumen por televisión.

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Foto tomada de ebay.com

“Un juego de ajedrez viviente”

Llegó el gran día. Ir al templo pagano del Estadio Corregidora a ver un duelo mundialista (Y faltar a clases). A mi padre le habían obsequiado pases en la compañía trasnacional para la que trabajaba -esa que los marxistas se desgañitan gritando que son las aguas negras del imperialismo, frase que siempre me ha causado risa y que me acaba de generar una sonrisa mientras escribo esto.

Asistimos toda la familia. Mi madre nos alistó desde temprano porque mi padre pertenece a esta tribu que adora llegar con horas de anticipación al estadio. Sin embargo, recuerdo que llegamos tarde, como suele suceder muchas cosas en mi vida.

Apenas nos sentábamos en las gradas tras la portería norte en un lugar que, como dijo don Napoleón, amigo cercano de mi papá, íbamos a ver el juego de maravilla, “como si fuera un juego de ajedrez viviente”, cuando cayó el gol uruguayo.

Hasta el otro extremo de la cancha, un jugador de celeste le ganaba la pelota a uno de verde y la pateaba para incrustarla en el arco alemán. Uruguay uno, Alemania cero.

– ¿Seguro que estábamos detrás de la portería norte?, me pregunta mi padre cuando platico con él vía telefónica para intentar reconstruir ese juego.

– Sí, aquí dice claramente en el boleto del Mundial. Al menos mi asiento era el 02-19-01764. ¿Qué mas recuerdas del juego?, le vuelvo a preguntar.

– Fue un juego muy aburrido. Un empate. Era el primer juego. Estuvo mejor el de Dinamarca, al que fuimos después…

– A ese ya no me llevaste.

– ¿No? ¿En serio que no?

Un juego “tácticamente interesante”

Tengo que recurrir a la hemeroteca para recordar los detalles del juego. El Diario de Querétaro calificó al juego como un duelo de poder a poder en donde las escuelas charrúa y alemanabrillaron en todo su esplendor”, de acuerdo con la nota del reportero Gonzalo Vargas.

Busco en YouTube y el gol uruguayo lo hizo Alzamendi, quien aprovechó un mal pase retrasado de Lothar Mathäuss y fusiló al arquero.

En mis recuerdos no vi un juego de ajedrez, mas bien uno de damas chinas en donde las fichas verdes (Alemania) chocaban con las fichas celestes (Uruguay).

Un juego trabado, donde cada equipo trató imponerse a través de la fortaleza física y no por el talento, que a cuentagotas soltaba el uruguayo Francescoli. Pocas jugadas de fantasía que hacen que un niño se enamore del futbol, sólo un juego “tácticamente interesante”, ese eufemismo que se usa para decir que un partido es aburrido.

Coca-cola y cloro

Tras el gol charrúa y la defensa a ultranza, comenzó el sopor. Buscar distraerse de otra cosa en el estadio. Pasó el vendedor de palomitas y compramos palomitas. Fiel a mi costumbre, me llene de salsa mientras me las comía, en tanto, en la cancha del Corregidora alemanes y uruguayos se pateaban mutuamente.

Después vino lo memorable del partido. Y no pasó en la cancha. Sucedió en las gradas, bueno, no en todas las gradas, sino en la zona donde estábamos.

Las palomitas nos dieron sed y para aplacarla, nada como las deliciosas aguas negras del imperialismo (insisto, me causa mucha gracia esa frase y más con la rabia que la dicen algunos).

Pedimos una Coca-Cola, dos Coca-Colas. Apenas nos las sirvieron, mi hermana le dio un trago y de inmediato lo escupió. Volteó enojada a ver a mi padre y dijo: “esto no es refresco”. Mi padre que intentaba poner atención al soporífero partido, le dijo que no dijera nada. Probé y, en efecto, eso sabía a rayos. Era imposible de beberlo. Muchos en las gradas se empezaron a quejar del sabor de la Coca-Cola.

¿Que fue lo que pasó? Pues que en el primer juego, la compañía refresquera quiso innovar y meter repartidores con un tanquecito de refresco en la espalda. Al parecer, el agua no estaba bien purificada, tenía cloro y, por tanto, la Coca-Cola sabía feo. Para el segundo tiempo cambiaron, dejaron los tanquecitos y daban Coca-Colas queretanas de vidrio en vaso de plástico y problema solucionado.

Ya con el sabor correcto mas la combinación con las palomitas enchiladas, hicieron más llevadero el juego.

¿Y el resultado? Ah sí, la defensa charrúa no soportó el embate teutón y casi al final del partido, Alemania empató con gol de Klaus.

Ese 4 de junio en mi memoria está archivado un juego aburrido entre Alemania Occidental y Uruguay y que en las gradas nos vendieron refresco con sabor a cloro.

De ese Mundial en Querétaro, también recuerdo el partido España- Dinamarca pero no tanto por haber asistido, sino porque gracias a él, me libré de una estricta educación religiosa para poder ser un pagano entregado a la religión del futbol y otras malas artes, pero esa es otra historia.

David Carr o la lucha contra la irrelevancia

Víctor López Jaramillo

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Este invierno ha sido particularmente duro con las figuras prominentes del periodismo. Primero Vicente Leñero y Julio Scherer y ahora el norteamericano David Carr.

A los 58 años, David Carr murió en la redacción del New York Times.

Al columnista del New York Times muchos lo conocimos a través del documental Page One, Un año en la vida del NYT, trabajo fílmico en donde se registraron 12 meses en la vida del diario neoyorquino.

En él, vimos trabajar a Carr en varios reportajes que finalmente le valieron el premio Pulitzer, que es como el Nobel de periodismo, y defender a la Dama Gris, sobrenombre del New York Times, de las hordas digitales que claman por la desaparición del periodismo y lo pretenden sustituir por un avispero de tweets y mensajes en Facebook y Reddit.

 


A través de su columna que se publicaba cada lunes, The Media Equation, Carr analizaba la transformación que viven los medios actualmente. Carr creía que actualmente vivimos la edad de oro del periodismo, porque pese a que quieren jubilar a la actividad periodística al creer que cualquier personas con un smartphone a la mano se convierte en reportero, siempre tendrá que existir alguien que gaste suela de zapato al verificar la abundante información que circula por la red.

Aunque venía de lo que podríamos considerar como la vieja guardia del periodismo, nunca se cerró ante las posibilidades que ofrece el mundo digital, eso sí, siempre respetando los puntos esenciales del periodismo. Como lo escribió en su columna del 8 de julio del 2012: “el gran periodismo, en cualquier plataforma, es el que lucha contra la irrelevancia”.

Julio Scherer, periodista rebelde

aportación tribuna2 enero 2014

Víctor López Jaramillo

No fue el frío lo que esa mañana me paralizó. No. Lo que me dejó pasmado fue la noticia de la muerte de Julio Scherer García. El teléfono reclamaba atención insistentemente. Primero con el sonido de la alarma, la cual ignoré. A los cinco minutos, pertinazmente el dong que avisa de los mensajes se repetía continuamente. Un par de amigos me informaba, casi al mismo tiempo, que había muerto el más grande periodista de la segunda mitad del siglo XX.

Cauto, exigí como prueba que Proceso, el semanario fundado por Scherer, informara. Y el portal de la revista lo resumió con un titular directo de cuatro palabras: Fallece Julio Scherer García.

La nota firmada por Alejandro Caballero decía que “el fundador de Proceso, murió de un choque séptico. Llevaba poco más de dos años enfermo, principalmente de problemas gastrointestinales. En abril, cumpliría 89 años”.

Corroborado, procedí a informar a amigos. Seguramente, la noticia les amargó esa fría mañana, como a mí. En una mañana sin sol le dijimos adiós al maestro.

En apenas en un mes han muerto dos pilares del periodismo. En diciembre, Vicente Leñero, y ahora, en enero, Don Julio Scherer.

Ambos representan el punto más alto de una generación que decidió rebelarse contra su destino, y al contrario de Prometeo, escaparon del castigo del sistema y abrieron puertas para que otros pudiéramos pasar por ellas.

Magistral mancuerna periodística. No eran ni ying ni yang, pero sus plumas nos enseñaron dos formas de hacer periodismo. Datos certeros, observaciones precisas, siempre buscando la noticia, “desentrañando el lado amargo de la vida”, como definió Leñero al periodismo.

Del ostracismo de Excélsior, que encabezado por Scherer se volvió un referente periodístico mundial, al difícil nacimiento de Proceso y su consolidación como conciencia crítica de la sociedad mexicana.

En el peregrinar de la democracia mexicana —peregrinar que estas alturas está sin rumbo y sin fe, parafraseando a José Alfredo Jiménez— el Proceso de Scherer fue un faro que iluminaba las negras noches del autoritarismo priista. Un faro que sigue alumbrándonos en el invierno del desencanto de la democracia.

La tenacidad de saber mantenerse a flote pese a tener todos los elementos en contra es una de las cualidades que debemos de aprender de don Julio.

También debemos aprender el saber aquilatar el genuino valor de la amistad, porque como escribió, en la derrota tras la salida de Excélsior, a punto de rendirse, los amigos estuvieron para cobijarlo en las horas más bajas y seguir la lucha por una prensa diferente, por un periodismo que no se sometiera al poder político, sino un espacio que diera voz a la ciudadanía, que le sirviera de contrapeso.

Dentro de la historia del periodismo mexicano, el 8 de julio de 1976 será recordado como el Big Bang que provocó el nacimiento de una prensa democrática que se apareció en el escenario para contraponerse a la vieja prensa oficialista y su sostén político.

Proceso, Unomasuno, La Jornada y de ahí una genealogía que hizo que las nuevas  generaciones crecieran con la idea que se puede hacer un verdadero periodismo, que no sea comparsa del poder. Que se puede rebelarse contra el destino trágico y no renunciar a los ideales.

Paradojas del periodismo, mientras en los 70 la prensa norteamericana alcanzaba un punto máximo al evidenciar los excesos del presidente Nixon que terminaron provocando su renuncia, en México, el excesivo poder presidencial de Echeverría daba un manotazo para callar a las voces disidentes en la prensa. Por fortuna, fracasó en su intentona.

Políticos y periodistas, esa simbiosis sobre la que Scherer siempre escribió. Es imposible el matrimonio entre políticos y periodistas, pero inevitable el amasiato.

Escribió Scherer: “La sangre del político no es igual a la sangre del periodista. Corren por venas distintas y alimentan organismos distintos. No hay manera de unir sus torrentes sin envenenarlos. … el periodismo no es blando, como no es tersa la política”.

De Scherer nos queda su ejemplo y sus entrevistas, sus reportajes y sus libros. Sus perlas de sabiduría periodística. Tomemos el tiempo justo de luto y sigamos haciendo periodismo.

Desentrañar el lado amargo de la vida, misión del periodismo: Vicente Leñero

Un periodista hace preguntas que no tienen respuesta. Los periodistas no tienen soluciones, afirmó Vicente Leñero. Foto de Joaquín Cato, tomada de Proceso.com
Un periodista hace preguntas que no tienen respuesta. Los periodistas no tienen soluciones, afirmó Vicente Leñero. Foto de Joaquín Cato, tomada de Proceso.com

Esta entrevista fue realizada en el otoño de 2008 en las instalaciones de Radio Querétaro. Vicente Leñero estaba de visita en el estado para promocionar su libro Gente así. Tras la rueda de prensa, en donde habló sobre su obra literaria, lo abordé para entrevistarlo sobre periodismo. Tras realizar una entrevista radiofónica y en espera de una entrevista más vía telefónica, me respondió brevemente de manera amable. Aquí esa breve charla publicada en Tribuna de Querétaro el 29 de septiembre de 2008.

Víctor López Jaramillo

Para Vicente Leñero, quien es uno de los pilares del periodismo mexicano, la misión del periodista, así como la del escritor, es desentrañar el lado amargo de la vida, porque “como siempre he dicho, lo mejor de la Divina Comedia no es el cielo sino el infierno”, afirmó en su visita a Querétaro para promocionar su nuevo libro Gente así.

En entrevista exclusiva con Tribuna de Querétaro, el autor de obras básicas, como el Manual de Periodismo o Los Periodistas, aceptó que ante un escenario en donde en nuestro país ya son comunes los bombazos y los decapitados, México parece un país de novela negra con una situación muy novelable.

“Si viviéramos en Suecia no podríamos hacer buen periodismo porque allá no pasa nada. Los países en crisis son los más periodísticos por llamarlos así, entre comillas. Nada más hay que ver a Ryszard Kapuscinski, periodista polaco, que recorrió el mundo para ir a países conflictivos donde se pueden escribir mejores reportajes y novelas. Sí, México parece una historia de novela negra digna de los mejores escritores. Esas novelas que nunca terminan, en donde nunca se descubre al asesino”, manifestó.

– Con tantos decapitados y violencia, ¿México ya perdió la cabeza?

– Yo creo que sí. No soy analista político para desentrañar el problema…

– Pero sí un periodista…

– Pero un periodista hace preguntas que no tienen respuesta. Los periodistas no tienen soluciones. Estrictamente no tienen opiniones, investigan para ofrecer lo que hay pero no, de eso están a cargo los analistas políticos y yo he sido todo menos un analista político.

Durante la rueda de prensa previa a la entrevista, Vicente Leñero lamentó el papel que juegan muchos comunicadores al no informar correctamente a su auditorio, y recordó el caso del conductor de noticiarios Jacobo Zabludovsky, quien dijo, fue durante años vocero del poder.

– En el drama nacional, ¿qué papel juega la televisión? ¿El mismo que en tiempos de Zabludovsky?

– Más o menos sí. La televisión comercial es siempre dependiente de la voluntad de los dueños de las televisoras y ellos siempre están de acuerdo con el gobierno en turno porque no quieren perder sus privilegios. Y si abren cadenas de televisión o de radio o periódicos, estos medios obedecen a los intereses del empresario. Los mejores medios son, o los de las Universidades o los medios que están hechos por periodistas.

Cuando son periodistas los que dirigen un medio, no hay interés empresarial que valga. El empresarial priva por encima del interés periodístico, eso es un hecho, y a veces los medios no informan bien, no dan a conocer bien la realidad, no por fallas periodísticas sino por preocupaciones empresariales.

– Afirma que los países en conflicto son un paraíso para el ejercicio de contar noticias, pero en México se ha convertido en un infierno, pues es donde más periodistas son asesinados.

– Periodísticamente, sigue siendo un paraíso para el periodismo, dicho sin reconocer que la realidad cotidiana es más importante que el periodismo y la seguridad propia es más importante que el periodismo.

– ¿Cómo superar este tramo amargo?

– No sé, hay que encontrarle solución, exigirle al gobierno que cumpla con sus deberes, a los encargados de los gobiernos federal y locales; y diputados y senadores que encuentren caminos de solución, que no se dediquen a conservar sus propios intereses. La clase política está en bancarrota, es una decepción enorme para la ciudadanía no solamente ver a los gobierno en sí, sino a los partidos políticos, no hay a quien irle.

– ¿La democracia nos ha fallado?

– Sí, nos está fallando… pero no es la democracia la que está fallando, es la clase política que quiere conservar sus privilegios. La mantenemos y no está interesada por nosotros. No hay a quién irle, por eso los índices de abstención son enormes, me contarán a mí como uno más de los abstencionistas.

– Antes los periodistas tenían que cuidarse del poder político, ahora hay poderes fácticos como el narcotráfico de los que también hay que cuidarse…

– Hay que agregar a otros más, el narcotráfico, el gobierno y las cámaras, el segundo poder, el de las cámaras. Hay que cuidarse de los políticos, de no emboletarnos en su demagogia a favor o en contra de lo que está pasando, hay muchos poderes fácticos que de pronto se vienen encima y el periodismo testimonia eso. Y todo testimonio es una denuncia.

– ¿Bajo estas circunstancias ser periodista es ser suicida?

– No, en ningún momento. La posición del periodista es privilegiada porque no tiene que servir a ninguno de esos poderes. El periodista sirve a la realidad. Vamos a explorar la realidad, no tanto la verdad porque ésta es inalcanzable. Se sirve a la realidad y ésta no pertenece a ningún partido. Periodista que pertenece a un partido es mal periodista. El periodista no está para militar en un partido, está para observarlos a todos con igual interés y la misma intención de desentrañar que hay debajo de lo que nos dicen.