Si ya tenemos posmodernidad, posverdad, posthumanismo y hasta una vida pospandemia, ¿por qué no habríamos de tener también un postfútbol?
La pregunta parece una provocación intelectual de uno de esos filósofos que odian el deporte de las patadas, hasta que uno escucha a Juan Pablo Meneses. El periodista chileno, autor de Postfútbol (que lamentablemente no se ha publicado en México) y creador del periodismo cash, sostiene que el fútbol murió. Tuve oportunidad de entrevistarlo.
Él pertenece a esa generación latinoamericana para la que el fútbol era una forma de entender el mundo. Por eso puede identificar con precisión el momento en que algo cambió.
Su argumento central es que la transformación ocurrió cuando el fútbol dejó de ser un deporte colectivo para volverse una experiencia individual. De ahí vinieron todos los demás cambios: las apuestas deportivas, la obsesión por los datos, la vigilancia tecnológica del VAR, los influencers, los algoritmos y la imagen como valor por encima de la técnica.
Maradona pertenece todavía al fútbol. Messi ya pertenece al postfútbol.
Millones de jóvenes ya no sueñan con anotar; quieren convertirse en celebridades. El futbolista ya no es sólo un deportista: es una marca, un escaparate, un creador de contenido. Antes el contenido eran los goles y las jugadas; hoy son los peinados y el estilo de vestir.
Meneses describe a un aficionado que sigue los partidos de su equipo completamente solo, pero con cinco pantallas encendidas. En una observa el juego; en otra revisa comentarios en redes sociales; en la tercera, apuestas. En una cuarta sigue el valor de activos vinculados a jugadores y en la última, una cámara lo graba por si alguna reacción puede volverse viral.
De ahí que el concepto de postfútbol resulte tan sugerente. No describe únicamente una transformación deportiva, sino social. El aficionado se convirtió en usuario. El estadio se convirtió en escenario para producir contenido -McLuhan tenía razón. La experiencia colectiva fue sustituida por una colección de experiencias individuales mediadas por pantallas.
Meneses lleva esto al VAR, al que interpreta como el reflejo de una sociedad que deposita una fe casi religiosa en la vigilancia tecnológica: más cámaras deberían producir más justicia. Cualquiera que viva en América Latina sabe que las cámaras no siempre resuelven los problemas que prometen resolver.
El Mundial que está por comenzar confirma muchas de estas tendencias: balones con sensores, estadísticas en tiempo real, apuestas integradas al espectáculo y futbolistas convertidos en activos globales.
Su concepto de postfútbol obliga a mirar más allá de la cancha. La verdadera pregunta ya no es qué le ocurrió al fútbol, sino qué nos pasó como sociedad para que dejáramos de verlo de la misma manera.

