El tamaño de la intolerancia


Como suele suceder cada que se realiza una manifestación, comienza la guerra de las cifras por demostrar que se tuvo el mayor número de convocantes. Con respecto a la denominada “Marcha por la familia” en Querétaro, las cifras varían. Mientras los organizadores dicen haber reunido hasta 70 mil asistentes, autoridades estatales señalan que no rebasaban los 30 mil; en tanto, algunos cálculos periodísticos mencionaron la cifra de 20 mil. La guerra de las cifras. En todo caso, el número de la cifra representa el tamaño de la intolerancia de quienes organizaron el evento.

No cuestiono su derecho a salir a las calles a protestar, es perfectamente válido. Siempre he defendido que en una sociedad democrática debe privar el ruido de la discusión sobre el silencio de la imposición.

El punto principal es lo que exigen. Pese a que se negó la mano organizadora del clero y que la marcha no tenía tintes homofóbicos, en la llamada “Marcha de la familia” participó el mismo obispo de Querétaro y durante el recorrido varios asistentes externaron claras muestras de homofobia.

Además de la contradicción aparente de que argumentaban defender un modelo de familia en detrimento de otros, lo más importante es que marchaban, no para luchar por más derechos, sino para limitar de éstos a otros grupos.

En Querétaro, al ser parte de la zona conservadora de México, un equivalente al “Cinturón bíblico” de Estados Unidos, se esperaba que la marcha tuviera amplia convocatoria. La maquinaria del sector conservador mostró estar aceitada.

Salieron a la calle, mostraron su fuerza, pero no han ganado la discusión. En vez de mostrar la defensa de la “familia”, mostraron un rostro de odio e intolerancia. Y con ello le dieron a sus detractores el mejor de sus argumentos: mientras ustedes promueven el odio, nosotros defendemos el amor. Palabras similares dijo algún profeta hace casi dos mil años.

Del escepticismo por la marcha se pasó a la defensa argumentativa. Se movilizaron en contra del matrimonio igualitario pero no dieron razones.

Para cerrar este espacio, estimado lector, me gustaría compartir fragmentos de un texto que escribió Wendy M. Arellano, estudiante de Comunicación y Periodismo de la UAQ, al respecto:

Me rompió el corazón que la única vez que haya podido presenciar, en primera, la semejante cantidad de personas organizadas tomando las calles en símbolo de protesta, haya sido en la presentación queretana de ‘La marcha por la Familia’.

Desconozco la circunstancia y motivaciones de cada persona que se manifestó, pero lo único que pude percibir fue su discurso de odio… hacia el progreso, hacia los derechos humanos, hacia los homosexuales… hacia personas como yo. ¿Cómo aguantarse las lágrimas cuando 35 mil personas a tu alrededor te hacen sentir que representas todas las desgracias que existen en la tierra?

Sé que no soy el mejor ser humano. O la ciudadana más civil. O la persona con los mejores ideales. Pero estoy segura de que no soy eso que me adjudicaron. Escuché niños, ancianos, chavos de mi edad decir cosas terribles.

Yo no soy mala. Yo no estoy desviada. Yo no pervierto a los niños. Yo no soy una violadora. Yo no estoy enferma y mucho menos soy una enfermedad que deba ser erradicada.

Yo soy una persona normal. Voy a la escuela, tengo un trabajo, cuido a mi perro, pago la renta, salgo con mis amigos… busco lo que muchos buscan: una vida que me enorgullezca contarle a mis nietos. ¿Qué he hecho para que tantas personas me odien tanto?”.

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