¡Ay mis votos!


Quizá usted escuchó un grito que recorría las calles aledañas al río, un grito que se escucha a mediados del otoño cuando se acercan las festividades concordantes de Halloween y Día de Muertos. Un grito que pasa cerca de los ríos y formaciones de agua donde una figura espectral se lamenta a gritos por sus hijos perdidos.

Sin embargo, en esta ocasión el espectro no era completamente blanco, sino que era tricolor con las siglas del PRI y no gritaba por sus hijos perdidos sino por los votos que se fueron evaporando en las últimas dos décadas.

El espectro del PRI se lamentaba por su grandeza electoral perdida, cuya decadencia comenzó con la derrota en los tribunales en San Juan del Río en 1991 y se confirmó en 1997 con la derrota de Fernando Ortiz Arana quien tras arañar la candidatura presidencial tricolor, los hados de la política lo condenaron a una doble derrota consecutiva en su tierra natal primero ante un novato en la política como lo era Ignacio Loyola y después frente a una de las nuevas figuras emergentes, que luego se opacó, del PAN como Francisco Garrido.

A mas de una década de su regreso a la gubernatura con Calzada II, ha quedado comprobado que aquello no fue mas que una victoria pírrica, que, aunque en el corto plazo ganaron, en el largo perdieron y hoy el PRI está en un lejano tercer lugar, ya no se habla como en los últimos 20 años de que la disputa por la gubernatura será entre el PRI o el PAN, sino que se ha visto desplazado y el próximo año la batalla final será entre el actor emergente Morena y el PAN.

¿Y el otrora poderoso tricolor? Pues ha quedado reducido a comparsa electoral, sin un liderazgo que defina el rumbo, con los herederos de los últimos trozos del imperio peleándose los restos en los tribunales.

El PRI, al nacer del poder, solo sabe obedecer la línea que le mandaba el gobernador o presidente en turno. Sin esas figuras que lo guíen, el PRI carece de sentido y de pertenencia política.

El PRI se ha vuelto en Querétaro un actor secundario y tendrá que decidir si es comparsa de Acción Nacional en esa gran cruzada neoliberal para enfrentar al partido del presidente López Obrador; o van solos en al contienda con la posibilidad de ver aun más mermado su capital político o, en el peor de los casos, ser comparsas de Morena para subsistir como partido satélite. Cualquiera de los tres escenarios son un triste destino final para quien fuera el partido hegemónico y que incluso aun en los años 80 tuvo un gobernador tricolor que se jactaba que en Querétaro no había opinión pública.

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