Charlie Boy: El baterista improbable


En el mundo del rock, el tipo ideal weberiano de baterista es salvaje, incontenible, es el Ello freudiano que con sus pulsiones pasionales desde el fondo del escenario marca a golpes perfectamente sincronizados el ritmo de la banda. “Animal”, el personaje de los Muppets sería el ejemplo ideal de baterista.

Keith Moon de los Who es el salvajismo encarnado, pero nadie como John Bonham, de Led Zeppelin, ejemplifica la resistencia que debe tener quien se encarga de aporrear los tambores, pues hizo de un solo de batería una de las canciones más memorables y en el nombre muestra la inmensidad del poderío de los qué están solos al fondo del escenario: Moby Dick.

La legendaria canción de 17 minutos In-A-Gadda-Da-Vida y su duelo entre solos de órgano y batería no existiría sin la terquedad de Ron Bushy de aguantarle el paso a Doug Ingle.

La soledad del baterista

El baterista, al igual que el portero en un equipo de futbol, es el solitario de la banda; mientras los demás se mueven en el escenario y están en contacto con el auditorio; en el fondo, como un atlas, el baterista tiene que cargar con el peso de que la banda no pierda el ritmo y mantenerla alerta.

A veces, los bateristas para curar su soledad, al igual que un portero que sale a rematar a gol o que intenta driblar a un delantero, se animan a cantar para que los fanáticos sepan que no es un robot y que es humano con voz propia. Otros, mas atrevidos, al estilo Jorge Campos, deciden romper con la soledad y montan un sistema en el que la batería se mueve por el escenario y pueden tocar incluso desafiando a la gravedad… bueno, solo Tommy Lee de Mötley Crüe lo puede hacer sin perder el ritmo al tocar Wild Side. O claro, también pueden ser como Dave Grohl, que de baterista de Nirvana pasó a vocalista de Foo Fighters, todo para curarse de la soledad de ser baterista.

Por ello, el que alguien que era la serenidad personificada en las baquetas, con una elegancia digna de un dandi, sin perder la ecuanimidad en el bombo y platillos, además de la paciencia de un santo para soportar las fanfarronerías de Mick Jagger y las parrandas de Keith Richards, lo convierte en el baterista más improbable que hubiera podido tener la banda más legendaria del rock and roll: Los Rolling Stones.

“Una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rockear y rockear”

Él quería tocar jazz y ser baterista de un ensamble de Miles Davis a la par que se imaginaba como un Charlie Parker británico pero los hados del destino, que se portan como piedras que ruedan, lo arrojaron con un tal Mick Jagger, un piratesco Keith Richards y un indómito Brian Jones y terminó tocando un blues elemental, que con sus baquetas metamorfoseó todas las formas que adopta el rock and roll, desde el pop barroco hasta el rescate emocional de la música disco.

Se llamaba Charles Roberts Watts, pero en su casa le decían Charlie Boy. Su familia del rock and roll le llamaba simple y respetuosamente Charlie Watts.

El incesante sonido del bombardeo nazi sobre Londres en 1941 serían los primeros sonidos que el bebé Watts escuchó. Su infancia pasó entre la reconstrucción de una ciudad en ruinas y jugando futbol, donde llegó a destacar como un veloz extremo derecho.

“Charlie creció siendo un adolescente tímido y sin pretensiones: concentrado. trabajador, bajo de estatura, un tanto mimado por sus padres”, así lo describe Stephen Davis en su libro Rolling Stones, los viejos dioses nunca mueren, publicado en 2006.

Por esa época, gracias al éter radiofónico descubrió el jazz y quedaría prendado para siempre. Flamingo de Earls Bostic fue la canción que marcó su destino. Entonces, decidió ser músico y compró un banjo, pero lo que más le gustaba era aporrear las cazuelas de la casa. Por ello, a los 14 años, sus padres le regalan su primer batería, la cual les costó 12 libras esterlinas.

Ya con su batería en forma, practica con las bases rítmicas de jazz que escuchaba. No, entonces no tocaba rock and roll, de hecho, le disgustaba. Estudió diseño gráfico y a inicios de los 60 comenzó a trabajar en una agencia de publicidad. Entonces, parecía que su vida cambiaría de rumbo, pero el amor al jazz lo mantuvo en la música, incluso, en sus ratos libres escribió un libro sobre su ídolo Charlie Parker, el cual sería publicado en 1964.

Del jazz pasó al blues y así la piedra del destino comenzó a girar.

En 1962 fue invitado a la banda Blues Incorporated, que en su nombre lleva la esencia primigenia de su ritmo. Aunque se sentía incómodo tocando blues, estar en esa banda le permitió tocar en un palomazo con el guitarrista Brian Jones. También, esa primera experiencia escénica hizo que unos jóvenes de 18 años (tres años menos que él) que tenían una banda de blues lo vieran tocar. Eran Mick Jagger y Keith Richards. Las piedras ya estaban en contacto. Era cuestión de tiempo que empezaran a rodar juntos.

Entonces, en Inglaterra, los locales de jazz no permitían que los grupos de blues tocarán allí, no solo los veían como competencia sino también consideraban la música muy rústica. Pese a todo, Watts siguió en las bandas de blues, aunque su ambiente preferido era el jazz.

Entre los grupos que desafiaban el veto de los clubes de jazz, estaba una banda recién formada llamada The Rolling Stones, nombre inspirado en una canción fines de los años 40 del blusero norteamericano Muddy Waters, la cual, por cierto, tiene su origen en un refrán de Publilio Siro, filósofo de la antigua Roma, que fue evolucionando con los siglos hasta llegar a la forma actual de “Piedra que rueda no hace musgo”, que ha sido atribuida al filósofo renacentista holandés Erasmo de Róterdam.

Los nacientes Rolling Stones empezaban a destacar en la movida llamada Swinging London, pero a su música les faltaba un buen baterista. Le habían pedido a Charlie Watts que se uniera, pero él no estaba seguro, le gustaba el estilo de Jagger, Jones y Richards, pero no quería dejar Blues by Six, el nuevo conjunto al que se había unido, porque al menos allí tenía una paga segura de 5 libras a la semana.

Finalmente, lo convencieron. Watts se arriesgó. El rock and roll de Chuck Berry fue el puente que los unió. El 14 de enero de 1963 tocó con el resto de los Stones por primera vez. Las Piedras estaban reunidas y comenzarían a rodar por décadas y convertirse en leyenda. El resto, es historia conocida, incluyendo cuando Watts noqueó a Jagger cansado de tanto fanfarroneo del vocalista.

Los Rolling Stones no son inmortales

Es el baterista mas improbable que pudo haber tenido la más grande banda de rock and roll de la historia. Ya sabíamos que los Rolling Stones no eran inmortales, la muerte de Brian Jones a los 27 años en 1969 fue la muestra; sin embargo, teníamos la esperanza que, tras un holocausto o una pandemia, Keith Richards, Mick Jagger, Ron Wood y compañía acompasados por Charlie Watts surgirían de entre las ruinas para tocar ese viejo y mítico rock and roll. Tras la pandemia, Charlie no tocará más, el destino nos ha vuelto a enseñar que las piedras tienen que rodar para transformarse. Desde este 24 de agosto, Charlie rueda ya en los prados de los Campos Elíseos del rock.

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